domingo, 22 de febrero de 2015

¡Seño, Fulanito me ha empujado!

Casi todos los días me conecto a la red y leo información diversa sobre temas que me interesan. Como es lógico, muchos de los enlaces son de tipo educativo.

Encuentro muchas entradas sobre "tips" o trucos para manejar el aula, por ejemplo. Sobre resolución de conflictos, conductas disruptivas, métodos diversos, educación emocional...

Suelo ver títulos tipo: "5 cosas que nunca deberías hacer", o "10 ideas para mejorar el clima del aula", etc.

También leo toda clase de teoría, criterios, opiniones, debates y consejos dirigidos a familias además de docentes. Podemos encontrar infinidad de argumentos a cual más convincentes para ayudarnos en la no fácil labor de educar a los pequeños. En la no fácil labor de ayudarles a crecer como personas respetando a los demás.

Con el tiempo y la experiencia personal, cada uno vamos creando nuestras propias formas de manejar situaciones, sea como padres o como docentes. En mi caso, hablo de mi nivel que es Segundo ciclo de Infantil.

Cuando hay algún conflicto en el colegio, cada maestro suele tener sus recursos para intentar resolverlo: Una charla, una explicación para fomentar la empatía, un "time out", una negociación, una amonestación, economía de fichas, etc. Recursos basados en refuerzos positivos y negativos, metodologías conductuales, educación emocional, disciplina positiva, atención plena y toda clase de técnicas y formas de entender la educación que han ido calando en nuestras convicciones más profundas y enraizadas. Lo que para algunos resulta inaceptable, para otros puede significar lo contrario. Precisamente el otro día tuve una interesante conversación con otras docentes en la que alguien manifestaba que alguna vez le dieron un cachete en la infancia y no por ello se había traumatizado. Es más, veía que le hizo bien. Ante esto, alguno podría estar echándose las manos a la cabeza mientras otros asienten.

También recuerdo la introducción de un libro de mi profesor Paco Plaza sobre disciplina. Contaba una anécdota sobre un niño que, tras hacer una trastada y disponerse su padre a hacerle entender que eso estaba mal, le contestó: "Razonar no, papá. Razonar más no". Puede que para el niño tanto razonar le supusiese una tortura.

No quiero dogmatizar porque me gusta creer que cada cual adapta sus experiencias a sus circunstancias de la mejor manera que puede y sabe, y con la mejor intención. Entiendo que somos personas y que no somos perfectos, y en muchas ocasiones tomamos decisiones equivocadas: puede que no escojamos la mejor opción en el fragor de la batalla. Sin embargo, resulta conveniente darnos cuenta a posteriori de los efectos de esa decisión, si es posible mejorarlos, cuál habría sido la más adecuada y procurar aprender de la situación. Se trata de un trabajo personal duro en el que yo me encuentro continuamente. Y supongo que no estoy sola.

Por tanto, no voy a soltar una lista de métodos, consejos o técnicas aplicables e infalibles, porque mi experiencia me dice que cada circunstancia es distinta y lo que es infalible en una situación puede no serlo si cambiamos de protagonistas y contextos.

Por otro lado, sí quisiera compartir una experiencia que conocí a raíz de una conferencia de Alfredo Hoyuelos. En aquella conferencia nos mostró un vídeo que me dejó fascinada, y a partir de entonces, recurro en ocasiones a él.

Todo lo que he escrito hasta el momento lleva a la idea de que, ante un conflicto entre pequeños, el adulto media a través de una decisión adulta. Volvemos de nuevo: aplicación de un castigo o consecuencia, unas palabras para ayudarles a empatizar, a razonar, a pedir perdón, respetar la justicia que administra el adulto... Generalmente los mayores "encaminamos" y "dirigimos" la solución.

Desde que vi aquel vídeo, me gusta rememorarlo cuando observo la ocasión propia para hacerlo. No creo que sirva si se hace continuamente, pero hay momentos que son ideales. Para ello hace falta un poco más de tiempo que decirle al peque o a los peques implicados "quédate ahí sentado" (que lo hago también, por cierto).

La idea es muy sencilla: Mirarse a los ojos sin decir palabra.

Alguna vez me han llegado dos peques en conflicto pidiendo justicia y, en ese momento, creo que no es necesario administrarla. En ese momento, es más importante sentirse bien porque son amigos y compañeros. En ese momento, la justicia llegará sola porque se entenderán el uno al otro. Porque se dan cuenta de que en el fondo lo que quieren es jugar juntos.

Les digo que se miren a los ojos. Que no digan nada. Me pongo a su altura, les acompaño en la mirada y a veces con alguna caricia.

Siempre que lo he hecho, se miran a los ojos, al principio tímidamente y con caras enfurruñadas. Luego, como por arte de magia, las miradas se hacen más largas y las caras van cambiando. Aparece la relajación y alguna risilla mientras se miran. Y al final acaban riendo los dos. No hace falta decir apenas nada. Ellos mismos deciden irse juntos a seguir jugando y pelillos a la mar. No se ha hecho un mundo de la discusión. No ha sido necesario castigar, regañar o razonar. Se ha resuelto compartiendo miradas. Los niños son capaces de dejar ver su corazón a través de los ojos y han usado su corazón para resolverlo. Todavía tienen ese don que se va perdiendo con el tiempo.

En ocasiones, con eso es suficiente. A veces los adultos no necesitamos intervenir. Ellos son capaces de mucho más de lo que esperamos.

Inteligentemente, ellos hacen suya aquella famosa frase: "Una mirada tuya bastará para sanarme".

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